Sensibilidad e intensidad

Intentar ser fuertes siempre y considerar que podemos con todo es agotador. Nos puede producir un deterioro físico y emocional importante. La intensidad constante es una huida. Es fácil de explicar, cuando nos enganchamos a lo intenso huimos de la fragilidad, de la delicadeza, de la sensibilidad y de la humildad. Salimos corriendo de la intimidad con nosotros mismos y con los demás. Creemos que sí dejamos de ser fuertes el mundo se caerá, solo es una justificación para no afrontar nuestras necesidades más sutiles.

La intensidad permanente genera tensión corporal, incapacidad emocional y dureza mental, dicho en una palabra: ESTRÉS. Cuanto más estresados estamos mayor es el deseo de intensidad para poder sentir algo, entramos en un círculo vicioso muy perturbador, que siempre rompe por algún lado.

El cultivo de la sensibilidad es fundamental para tener una vida equilibrada. Entregarnos a las sensaciones y a los sentimientos más tiernos requiere una pizca de humildad: No puedo con todo, no lo sé todo, acepto mis carencias y mis miedos, soy también frágil y delicado, y tengo derecho a llorar y a pedir ayuda y a derrumbarme.

Para disfrutar de los placeres más estupendos que la vida nos ofrece, entre ellos el éxtasis, es necesario relajarse, ser sensibles, ingenuos, juguetones. Tener el cuerpo y la mente disponibles al misterio y al no-control, en definitiva no huir de la fragilidad cristalina que nos hace Uno con la Vida.