Pereza

La pereza es una forma de miedo. Me refiero a vivir instalado en la pereza, no a levantarse tarde un domingo después de una intensa semana de trabajo y una juerga sabatina. La pereza mental, emocional, física, sensorial es en definitiva miedo a no merecer. Como considero consciente o inconscientemente que no soy digno de experimentar la vida en toda su plenitud me vuelvo perezoso. Pero en realidad lo que ocurre es que tengo miedo a enfrentarme a esa prohibición de no experimentar la vida.

  • “Me han invitado a una fiesta pero que pereza me da ir, no voy” En el fondo estás deseando acudir, sino vas es porque crees que no mereces pasártelo bien y te da miedo enfrentarte a esa creencia.
  • “Que pereza meterme en el mar con el agua tan fría y disfrutar de un baño estupendo que activará mi circulación sanguínea y me dejará super relajado.” En realidad es: No merezco sentirme a gusto.
  • “Que pereza pensar en lo que me está diciendo este tipo sobre la pereza” No merezco pensar de otra manera.
  • “Con lo bien que estoy sin pareja que pereza me da abrirme emocionalmente” No merezco intimar.

Resumiendo: La pereza es no querer enfrentarse a la creencia de que no merezco experimentar la vida, o dicho de otro modo: miedo a experimentar.

Cuando uno comprende que tiene derecho a disfrutar de su existencia se levanta del sofá y se hace amigo del miedo.

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Desborde Emocional

Situándonos en nuestra zona de confort:

Tumbados en el sofá con la mantita de cuadros, tomando a sorbos nuestra infusión preferida y viendo una temporada entera de una serie estupenda. Podemos imaginar también una zona de confort más ruidosa y movida: la rutina diaria con nuestros hijos, o el trabajo y las clases de yoga, o una relación de pareja muy establecida y un tanto aburrida, o los amigos de siempre con la conversación de siempre, y de repente viene una ola emocional que se lleva todo por delante.

La metáfora perfecta sería meterse en el mar tras pasar un año sin hacerlo. El agua está brava, dejas de hacer pie, ves venir a lo lejos una ola impetuosa, intentas nadar, intentas huir, pero por mucho que te esfuerces te pone patas arriba. No sabes donde estás, la superficie del agua no aparece por ningún lado ¡sí, sí parece que la claridad es hacia arriba! te das la vuelta y de repente otra ola salvaje te sacude todo el cuerpo, te falta el aire, la superficie vuelve a desaparecer, entras en pánico y crees que vas a morir, con el desborde emocional ocurre algo muy parecido.

La muerte repentina de una persona cercana o una enfermedad grave, el despido de un trabajo o la quiebra de una empresa propia, un divorcio o el enésimo desencuentro sentimental pueden provocar emociones muy fuertes. Pero también situaciones agradables suelen desbordarnos emocionalmente: el anuncio de un embarazo, el nacimiento de un bebé, cambiar de lugar de residencia a otra ciudad o a otro país, materializar el proyecto de nuestros sueños, enamorarse, la intimidad, el sexo.

Cuando vivimos algunos de estos momentos se pueden abrir muchos frentes emocionales: la herida de abandono, el miedo al fracaso o a no ser suficientes, bloqueos sexuales, baja autoestima, rabia o tristeza acumuladas. Si en el mar una ola nos sumerge enteros saber nadar nos ayuda a salir de ella. Debemos aprender a nadar emocionalmente antes de que las situaciones nos desborden por completo. Salir de nuestra zona de confort para sanar las heridas de abandono, para afrontar el rechazo a la intimidad (pánico a sentirnos vulnerables) o el miedo al sexo, es como aprender a nadar antes de meternos en el mar.

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¿Saben las mujeres poner límites?

Saber poner límites es fundamental para tener una buena vida. Después de respirar y de comer es la necesidad más importante. Poner límites es básico para poder entregarnos con plenitud física, emocional, sexual y energética al misterio de vivir. Sin límites concretos y fuertes nos invadirán, harán de nosotros lo que quieran e incluso podrán agredirnos y violentarnos fácilmente. Quizás hartos de tanto maltrato decidamos poner límites tan estrictos que nadie querrá acercarse a nosotros o al menos no lo suficiente. No podremos disfrutar de relaciones íntimas y nutritivas. El arte de poner límites se aprende como todo arte, con la práctica.

A la pregunta que lleva este texto por título, yo respondo: A las mujeres les cuesta poner límites. Mi madre cuando yo era niño y no quería hacer algo que me ordenaba, cometía alguna fechoría o estudiaba poco me decía aquello de: “Ya verás cuando venga tu padre”. Podemos concluir que esa incapacidad de ponerme límites estaba condicionada por el rol tradicional de mujer que le tocó vivir. Pero si seguimos indagando con pericia nos damos cuenta que en la actualidad, en plena revolución feminista, a las mujeres les siguen costando poner límites claros, sobre todo en las relaciones de pareja y con los hijos (Hiperpermisivad y sobreprotección, las mujeres siguen llevando las riendas de la educación, los hombres se siguen escapando) Incluso mujeres empoderadas socialmente, directivas, jefas, catedráticas, doctoras o capitanas de la Guardia Civil, que mandan sobre un considerable número de hombres y de mujeres, no saben formular un NO sin fisuras a sus parejas y a sus hijos. La explicación podemos encontrarla en que aún existen retazos del tradicional reparto de géneros o que hay desequilibrios sustanciales entre lo femenino y lo masculino.

Para el Tantra la dualidad femenino-masculino no sólo se manifiesta en el exterior. Existe un hombre interior en cada mujer y una mujer interior en cada hombre. Jung llamaba ánimus a lo masculino que hay en cada mujer y ámina a la parte femenina que hay en cada hombre. Ambos aspectos de nuestra existencia tienen cualidades diferentes. Lo femenino abraza, acoge, intuye, ama, cuida, atrae, es abierto, instintivo, sensual, sensible, es la energía. Lo masculino sostiene, desafía, razona, provee, es atraído, concreto, metal, sexual, fuerte, es la consciencia. Ni lo femenino es exclusivo de las mujeres ni lo masculino de los hombres.

Esencialmente si una mujer tiene miedo, odio, abandono o represión hacia lo masculino que hay en su interior, difícilmente podrá aplicar con gracia las cualidades que genera su ánimus. En el caso que nos ocupa, el de los límites, si una mujer no establece una conexión con su masculino, exteriormente vendrán hombres invasivos, la obligarán a ejercer su fuerza si quiere tener una buena vida. El equilibrio entre lo femenino y lo masculino es el abrazo entre la Diosa Shakti (la Energía) y el Dios Shiva (la Consciencia). Es la danza perpetua entre el caos y el equilibrio, la vida es la maravillosa posibilidad de experimentar que la Unión entre los contrarios nos hace felices.

Termino este artículo como lo comencé, con una pregunta:

¿Saben los hombres vivir sus emociones?

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¡Lo importante!

Existen tantas opciones en el mundo que nos resulta casi imposible saber que es lo importante. Nos perdemos en distracciones y en emociones superficiales. Cada vez nos resulta más complicado fijar la atención. Hace diez años una persona con muy buen ojo me dijo: “eres como un globo llevado por el viento” ¡el tipo aquel sin conocerme de nada y a 7000 km de mi vida dio en el clavo! Me dejaba llevar por las modas, los impulsos, las opiniones ajenas… la vida así no es nada placentera. Afortunadamente aquel comentario me llegó hondo y comencé a dejar de volar por los aires emocionales ¡me costó tanto bajar a la tierra!

Requerimos de raíces sólidas donde poder arraigarnos. Con ellas podemos diferenciar claramente los deseos de las necesidades. Para entendernos, los deseos son requerimientos del ego, las necesidades lo son del alma. Si nos dejamos llevar por los deseos egóticos vivimos fuera de nosotros. Vamos por la vida corriendo como adolescentes eternos tras objetos, sensaciones o sentimientos tontorrones. Los deseos son como los alimentos que engordan mucho pero nutren poco. Ahora hay tal cantidad de estímulos, algunos a precios tan bajos, que necesitamos de grandes esfuerzos para sustraernos a ellos.

En una ocasión acudí al traumatólogo para solucionar definitivamente los problemas de mi pie derecho. Tras un esguince mal curado surgieron mucho otros, como consecuencia de ellos tengo los ligamentos elogandos. Yo quería operarme y olvidarme de los esguinces para siempre. El médico muy comprensivo entendió mi dolor pero me hizo una pregunta muy importante: ¿es para ti una necesidad vital hacer deporte regularmente? Mi respuesta fue que no. Entonces no pases por el quirofano, tiene sus riesgos ¡No me operé! Desde entonces tengo más cuidado y solo he vuelto a tener uno más, y eso que doy rienda suelta a mi cuerpo al bailar. ¿Se aprecia la diferencia entre la necesidad y el deseo?

Pongamos otro ejemplo:

Verano, tiempo de vacaciones, el deseo os impulsa a hacer un viaje a tierras exóticas.

“Todo el mundo lo hace, nosotros también” le dices a tu pareja.

“De acuerdo vamos, aunque no sé yo…” dice ella, poco entusiasmada.

Pasáis las de Caín con el jet lag, el calor, los mosquitos, las diarreas, el inglés… todo por un dineral. Las fotos de Facebook e Instagram salen al precio de un book profesional de una top-model. Quizás la necesidad sea pasar un tiempo en intimidad con tu pareja. Sin niños, sin nadie, haciendo el amor a casi todas horas, hablando, sacando lo “malo” llorando, sanando cosas, riendo, bailando, mirándose a los ojos… para esas grandes vacaciones es suficiente tu propia casa o la casa de tus abuelos en su pueblo. Bueno también es necesario abrir un “poquito” el corazón… para saber que es lo importante en tu vida.

Zona de confort

Lo que se ha dado en llamar la zona de confort antes se nombraba con otras palabras: ni fu ni fa, ni frío ni calor, así así (acompañado de un movimiento de mano) sin pena ni gloria, regulín regular… La zona de confort es un sitio emocional, mental o físico donde nos sentimos seguros, donde los riesgos son escasos o nulos pero la vida es aburrida y previsible. En verdad no es una zona tan confortable como parece, la huida constante de ciertos aspectos de nuestra existencia no es ciertamente un manera agradable de vivir. Para que la vida resulte estimulante debemos tomar riesgos, debemos asumir que la inseguridad forma parte de nuestro existir. El miedo al fracaso, el miedo a no saber, el miedo a no ser suficientes y el miedo a que nos hieran son los motivos principales de vivir instalados en el ni fu ni fa.

Reconocer que no sabemos hacer algo, asumir el fracaso o abrir las heridas emocionales requiere de una autoestima mínima para que no caer en la desesperación. Como siempre digo el Amor hacia uno mismo es el cimiento principal de una existencia feliz. El Amor propio se incrementa de una forma sencilla: amando tus dones y tus problemas, tus virtudes y tus vicios, tus luces y tus sombras. La autoestima crece como crece todo en la vida: ¡arriesgando! Al atrevernos a salir de la zona de confort ya incrementamos un poco nuestro Amor propio, y al incrementar nuestro Amor propio nos atrevemos un poquito más a salir a la corriente de la vida. Como decía mi abuela: la seguridad sólo existe en el Campo Santo.

 

Sobre el bello arte de poner limites

Saber poner límites está relacionado directamente con la autoestima. Si la tenemos por los suelos nunca colocaremos límites por miedo a quedarnos solos o a que nos censuren. Sin límites claros y vigorosos nos invadirán, harán de nosotros lo que quieran, incluso podrán agerdirnos y violentarnos fácilmente. Quizás hartos de tanto maltrato decidamos poner límites tan altos como los muros de un castillo. Entonces nadie se acercará a nosotros o al menos no lo suficiente para disfrutar de relaciones íntimas y nutritivas. La clave para poner los límites justos está en aumentar nuestra autoestima. O dicho de otro modo: no ir por la vida mendigando un puñadito de Amor y una tacita de Presencia a cambio de dejarnos manipular e invadir.

En los talleres de Tantra que facilito observo que poner límites es una de las acciones que más hace aumentar la autoestima, al aumentar la autoestima resulta más fácil colocar límites, rompiendo así un círculo vicioso de dolorosas consecuencias. Un poco de valor y otro poco de coraje sirven para comenzar a cultivar el bello arte de poner límites precisos. Como todo arte lleva su tiempo y su dedicación, al principio nos pasaremos un poco con los límites o tal vez no lleguemos, lo crucial es comenzar. Cuanto más afinemos nuestro arte más fácil será abrir el corazón de par en par al misterio de la existencia.

Mamás, papás y maestros espirituales

Los padres (o cuidadores en su ausencia) son personas importantísimas en nuestro recorrido vital. Nos traen a la vida, nos crían, nos educan, nos aman (cada uno como sabe y como puede). Cuando somos niños nuestra dependencia de ellos es total. Y nuestra capacidad de dar es pequeñísima comparada con lo que recibimos. Cuidar a un niño requiere por parte de los padres ingentes cantidades de energía, tiempo, amor, desvelos, sacrificios, presencia, bienes materiales… que un hijo nunca podrá devolver por mucho que se empeñe.

Los padres tienes sus valores, sus normas y sus creencias y también tienen sus manías, neurosis, tonterías, adicciones y demás rasgos que los hacen humanos. De niños debemos acatar todo eso, de adolescentes deberíamos empezar a cuestionar si va con nosotros todo lo que predican y practican. De jóvenes deberíamos explorar nuestros propios valores, normas y creencias para ya en la madurez guiarnos por ellos. El problema estriba en que nunca maduramos si acatamos sin más la herencia familiar o vamos a la contra todo el tiempo.

-Mamá yo como tú: seré una neurótica que le irá mal con los hombres, me casaré con un ingeniero más tieso que un palo pero con una buena posición social.

-Papá yo como tú: seré un hombre recto, formal, cumplidor de las normas sociales pero más triste que un cuadro del Greco.

El amor hacia los padres es tan grande que hacemos eso y cosas peores. También el miedo a contrariarles y el miedo a la libertad nos hacen ser sumisos. Sólo seremos seres libres, independientes y maduros honrado nuestra verdad. Si vamos con veintitantos, treinta, cuarenta o más años a pedir permiso a nuestro papá o mamá sobre asuntos importantes, o se los ocultamos por miedo a su reacción, siempre seremos niños. En el fondo los limites son un acto de Amor de los padres hacia los hijos: para que saltemos del nido ya de una vez ¡por Dios!

Ocurre algo similar con los maestros espirituales o papás y mamás espirituales. Nos guían, nos ayudan a desprogramarnos (los que te programan no son maestros espirituales son otra cosa), nos reflejan el Amor y la Presencia que somos. Pero llega un momento que debemos soltarlos, dejar de considerarlos maestros y de repetir sus enseñanzas de carrerilla, porque sino estamos haciendo religión o peor aún estamos en una secta. Debemos enfrentarnos al miedo a ser libres, a equivocarnos, a honrar nuestra verdad, dando incluso un puñetazo encima de la mesa si es necesario. Puede haber más Verdad al observar con Presencia tres gotas de agua cayendo que en todas las estatuas del Buda.