Cuerpos

¡Lo que más anhelamos en este mundo es sentir! El cuerpo es el gran regalo que nos proporciona la naturaleza para ello. Nuestro cuerpo es el sitio sagrado donde resuena el universo. Es sin duda, el mejor lugar donde podemos estar. Al habitar nuestro cuerpo existimos, sentimos… nos extasiamos.

Si vivimos fuera del cuerpo y nos quedamos en la mente (todo el día pensando, discriminando, analizando, juzgando y fantaseando) nuestra vida es como la de un espectador contemplando una obra de teatro ¡mucho mejor ser el actor principal de nuestra vida! La forma de vivir en el cuerpo es a través de la energía y de la presencia. Sin ellas el cuerpo es como una ciudad sin habitantes ¡nadie la disfruta!

El Tantra propone amar y comprender nuestra energía sexual como fuente inagotable de vida. Existen aún muchos tabúes, mitos y confusiones sobre lo sexual. Hemos pasado de la represión y el ocultamiento a la banalización y a la comercialización del sexo. Es increíble pero la mayor escuela de educación sexual es el porno.

La energía sexual es el combustible que llena nuestro cuerpo de vida y la presencia es la guía que hace que circule de forma maravillosa. La plenitud vital es el baile entre la energía y la presencia. En la tradición tántrica la energía está representada por la diosa Shakti y la presencia por el dios Shiva. Cuando ambos se escuchan y se entienden vivir se convierte en un placer.

 

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El sexo y los carretes

Tan antiguo y tan desconocido será el sexo dentro de no mucho tiempo como lo son para un milenial esa cámara analógica y esos carretes fotográficos. En Japón ya pasa, son líderes mundiales en cámaras digitales y en abstinencia sexual. No olvidemos que la sociedad japonesa es la más tecnificada del planeta, y lo que allí sucede sucederá en el resto del mundo desarrollado con los matices propios de cada cultura. Claro el instinto sexual no se puede arrancar de cuajo pero se intenta reprimir, controlar, sublimar… Meterse a monja, monje o cura serían las formas antiguas de aproximarse al olvido del sexo, aunque sólo Dios sabe lo que ocurre en los conventos en los monasterios y en el Vaticano.

Los tiempos cambian ahora para ser célibe no es necesario enclaustrarse, basta con pasar buena parte del día en las redes sociales, en Netflix, whatsappear con desconocidos sobre lo divino y lo humano, jugar con la consola, ver vídeos tontorrones. También contribuye mucho a la inactividad sexual las actividades extralaborales tras una larga jornada de trabajo: tomar cañas, ir al gym, hacer cursos de origami, de teatro, de mindfulnes o ir a las manifas… Sentir a todas las personas del otro sexo como amig@s o herman@s no sube mucho la libido. Ser un exigente gourmet, dedicar mucho tiempo y mucha energía a las mascotas o a los robots de compañía (los smartphones lo son) tampoco. El miedo cerval a las bacterias, ver programas de Antonio García Ferreras, ser un gran forofo futbolero o intentar convertirse en un ser de luz antes de tiempo, también apaciguan mucho la energía sexual. Por cierto según la American Psychological Association (APA) pensar y hablar mucho sobre sexo no cuenta como práctica sexual.

¿Por qué practicamos cada vez menos sexo pero a la vez nos atrae tanto?

La respuesta tiene que ver con el abandono de nuestros instintos animales. Ya lo dijeron los hippies y su liberación sexual de los años 60, y antes Sigmund Freud en El malestar de la cultura y antes los románticos. Muchos otros lo han expresado de muy diversas maneras: ¡Somos animales! ¡Hembras y machos humanos! También somos seres racionales y abstractos y filosófico-artistas y científico-técnicos y espirituales de consciencia pura, pero primero animales. Si lo olvidamos es como querer escribir literatura como García Márquez obviando el abecedario. Amar profundamente nuestra energía sexual, nuestro poder animal, y comprenderla nos hace seres sexuales, fuertes, sensuales, vitales, creativos, sensibles, amorosos… ¡plenos!

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¡Baila con la vida!

¡¡¡Baila con la  vida!!! A tu manera y a tu ritmo, con tus manías y con tus tonterías, con tus dones y con tus virtudes… ¡Dalo todo de vez en cuando! ¡Entregate! Vacíaté… para luego llenarte otra vez. En ese vaciarse y llenarse está la plenitud. Ríete como una pandilla de adolescentes que acaban de terminar los exámenes. Llora desconsolado como plañideras en funeral cuando el dolor llame a tu puerta. Mueve tu cuerpo al son de la música como si estuvieras en el Templo de Baile. Ámate a ti mismo como nadie jamás te amará. Siente el frío de una ducha helada en pleno invierno. Suelta los frenos al sentir y date una sobredosis de oxitocina en el contacto físico con otros humanos: abrazos, besos, caricias… ¡mueve tus caderas sensualmente! Las miradas auténticas, sin juzgar ni aconsejar, a los ojos del otro, comunican Almas. Déjate llevar por tus sentimientos alguna vez hombre, y para de pensar en los pros y en los contras, en el beneficio y la pérdida. Y déjate llevar por tus instintos primarios mujer que ya saldrá el sol o la luna… o lo que tenga que salir. Huele las flores y la tierra y el mar y el pescado y a tu novia y a tu gato y a tu novio y a ti mismo como un regalo de la vida… sonríe que es gratis y enfadate bien enfadao cuando toque… Y tirate a la bartola (a la Bartola tambien y al Bartolo) y pierde el tiempo que no siempre es oro… o trabaja como un chino por algo que te entusiasma… vaciarse, llenarse, espirar, inspirar, morir, vivir… ¡dance with life! Plenitud…

Los hombres no piden permiso

Los hombres no piden permiso para ser hombres. A nadie: ni a su mamá, ni a su papá, ni a su novia, ni a su mujer, ni a su amante, ni a sus hermanas o hermanos, ni a los profesores… Tampoco a quienes culpabilizan a los hombres de todos los males, ni a las modas de género imperantes, ni a ningún maestro espiritual, ni siquiera le pide permiso a la “crisis de masculinidad.” Si pides permiso nunca te haces un hombre. Los niños deben pedir permiso y los adolescentes también, aunque estos intentan rebelarse. Si un hombre pide permiso nunca es un hombre es un niño grande. Si un hombre no se responsabiliza de si mismo es un adolescente eterno. Para ser un hombre debes honrar tu verdad y responsabilizarte por ello. No es fácil, si lo fuera no sería cosa de hombres. Un hombre se hace ejerciendo de hombre. Quitándote de encima los patrones familiares y sociales que no van contigo, conquistando tu espacio vital, defendiendo tus gustos y tus sueños. Tomando decisiones contrarias a personas cercanas si sientes que son tu verdad, incluyendo sentir culpa por ello. Un hombre forma su carácter tomando riesgos, sintiendo el vértigo y el miedo al no saber. Un hombre se hace ejercitando su fuerza, su coraje y su valentía contra lo que le impide ser un hombre. Debe poner límites cuando le agredan, no rehuir los conflictos ¡dar un puñetazo encima de la mesa cuando sea preciso! ¡los hombres no nacen! nacen lo niños ¡los hombres se hacen! Cuando un hombre honra su virilidad aunque haya sido muy machacada y lucha por ella, se sana, se aviva su fuego interno, se convierte en hombre. Los hombres competimos e intentamos ganar, no hay nada más masculino, ni nada execrable en ello. También es muy masculino aceptar la derrota y seguir para adelante. Un hombre que ama su energía sexual y la comprende jamás será un violador. Los hombres que no respetan su hombría se convierten en pusilánimes gatitos o en adictos a algo que les haga olvidarse de no ser hombres o se tornan agresivos y violentos. Un hombre en su centro, en su presencia, en su fuerza no maltrata a su mujer ¡la ama! y es capaz de abrirse ante ella, de ser vulnerable, sensible, delicado… y llorar de alegría por ser un hombre.

La masculinidad no está en crisis está tomando fuerza ¡Vivan los hombres!

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¡La vida mancha!

¡Sí la vida mancha! Por mucho que queramos vivir en la certeza y en eso que se ha dado en llamar la zona de confort, nuestro anhelo más profundo es vivir con intensidad y pasión, y para eso nos tenemos que manchar. Nos tenemos que equivocar, hacer el ridículo, caernos en el barro y dejarnos jirones de piel por el camino. Sino la existencia se convierte en una sala aséptica y funcional de un hospital. No hay recetas infalibles para lograr la felicidad y la vida plena. Bueno existe una: ¡vivir! Experimentar la vida en toda sus facetas sin negar el dolor, el aburrimiento, la ira, la melancolía o el fracaso. Experiencias vitales fundamentales para madurar y expandir nuestra existencia. El Tantra invita a sentir todas esas cosas “negativas” con presencia, para no dejarnos avasallar por ellas ni hacer demasiado daño a alguien.

Si por ejemplo negamos la ira, tapándola con afables maneras y “bueno no pasa nada me están tocando las narices pero me aguanto” en algún momento saldrá de una forma virulenta y causará destrozo. Lo saludable es reconocerla y sentirla, y mejor aún, experimentarla frente a un saco de boxeo o bailando alocadamente, que sacarla contra nuestros seres queridos. O quizás sea absolutamente necesaria utilizarla contra alguien que traspasa continuamente nuestros limites, pero con presencia.

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Fuego interno

Adora tu fuego interno, tu pasión, tu fuerza. Es necesario para tu vida. Es la energía que te hace sentir vivo. En ocasiones nos da miedo conectar con nuestro fuego por diversas razones. Por una prohibición familiar que requería de nosotros un exceso de “educación y respeto”. O por un miedo personal a sentirnos desbordados. O puede que la razón sea no sentirnos dignos de experimentar la vida de forma plena. El fuego interno es necesario para tomar decisiones complejas o en contra de la opinión de terceros. También es fundamental para poner límites a personas invasivas. Imprescindible para desarrollar nuestra sexualidad, afrontar nuestros miedos y sobre todo para vivir desde nuestra verdad. Vivir desde nuestra libertad y desde nuestra individualidad requiere fuerza y determinación. El Tantra nos ofrece técnicas y dinámicas que pueden ayudarnos a conectar con nuestro maravilloso fuego… ¡conectar con la vida!