Amortiguadores para no sentir

Cuando hablamos mentimos ¡muchísimo! a veces con intención de hacerlo y en ocasiones sin darnos cuenta.

Mentimos para ocultar cosas dolorosas:

-¿Qué tal el trabajo?

-¡Uf, fenomenal!

Por no llevar la contraria:

-Yo no creo que que haya cambio climático.

-Ya… yo tampoco.

Por no herir sentimientos:

-¿Qué tal me queda el pelo rosa?

-¡Precioso!

Por no romper el momento:

-¡Otra ronda de birras!

-¡¡¡PERO SI LLEVAMOS SIETE!!! ¡venga vale, la última!

-¡La penúltima!

Por presumir:

-¿Qué tal en Birmania?

-¡¡¡Genial!!! ¡Me encanta viajar! (Te dio colitis, te brearon los mosquitos, te robaron la mochila, te horneaste de calor y encima por una pasta)

Por “amor”:

-¿Te ha gustado?

-¡Me encanta el sexo contigo!

Por envidia y por fastidiar:

-Mira con que hombre tan guapo y tan buenorro he quedado está noche.

-Yo le veo del montón.

Por miedo:

-¿No te importa quedarte un par de horas más?

-En absoluto, hasta que venga el pedido y luego cierro la oficina.

Por interés:

-Entonces el funcionario me dijo que me faltaba un papel… ¿me estás escuchando?

-Si claro que te escucho… que te faltaba un escote… digo un funcionario… esto un papel… muy interesante la conversación…

-¡Miramé a los ojos!

La mentira está tan arraigada que nos mentimos a nosotros mismos cuando pensamos:

No le he llamado gordo, sólo le he dicho que come como un elefante, que le sobran 20 kilos y que está fofo ¿Por qué se enfada?

Otro ejemplo:

¡Si no bebo tanto! Hoy únicamente cuatro whiskys y seis cervezas.

Más pensamientos:

¡Estoy alegre! ¡Soy alegre! ¡Vivo en la alegría! ¡Pensamiento positivo! Fuera tristeza fuera, no quiero sentirte…

Mentimos desde el pensamiento y lo hacemos fundamentalmente para no sentir. Los pensamientos nos sirven de amortiguadores. Los utilizamos para manipular la realidad, para eludir lo que nos disgusta. Cuando ponemos filtros mentales nos rodeamos de escudos protectores que nos aíslan, pero es lo último que queremos. Deseamos fervientemente intimidad con nosotros mismos y con los demás: la mentira boicotea la intimidad. La sinceridad es intimidad con uno mismo y por ende con los otros. Se crea cuando abrimos el corazón y regalamos nuestro sentir a la vida, nos unimos con ella. Experimentar todos los sentimientos, todas las sensaciones, todas las emociones es la plenitud.

¡La sinceridad libera el Alma!

Info Taller De Tantra

 

 

 

 

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Sensibilidad e intensidad

Intentar ser fuertes siempre y considerar que podemos con todo es agotador. Nos puede producir un deterioro físico y emocional importante. La intensidad constante es una huida. Es fácil de explicar, cuando nos enganchamos a lo intenso huimos de la fragilidad, de la delicadeza, de la sensibilidad y de la humildad. Salimos corriendo de la intimidad con nosotros mismos y con los demás. Creemos que sí dejamos de ser fuertes el mundo se caerá, solo es una justificación para no afrontar nuestras necesidades más sutiles.

La intensidad permanente genera tensión corporal, incapacidad emocional y dureza mental, dicho en una palabra: ESTRÉS. Cuanto más estresados estamos mayor es el deseo de intensidad para poder sentir algo, entramos en un círculo vicioso muy perturbador, que siempre rompe por algún lado.

El cultivo de la sensibilidad es fundamental para tener una vida equilibrada. Entregarnos a las sensaciones y a los sentimientos más tiernos requiere una pizca de humildad: No puedo con todo, no lo sé todo, acepto mis carencias y mis miedos, soy también frágil y delicado, y tengo derecho a llorar y a pedir ayuda y a derrumbarme.

Para disfrutar de los placeres más estupendos que la vida nos ofrece, entre ellos el éxtasis, es necesario relajarse, ser sensibles, ingenuos, juguetones. Tener el cuerpo y la mente disponibles al misterio y al no-control, en definitiva no huir de la fragilidad cristalina que nos hace Uno con la Vida.

El sujetador

Este verano he visto a unas cuantas adolescentes por las calles de Madrid en sujetador. No con un top ni con la parte de arriba de un bikini ni con un sujetador deportivo ¡Eran sujetadores de ropa interior! Me ha parecido primero sorprendente y luego fantástico. Por tres razones: una estética, estaban bellísimas, la segunda política, se autodeterminan. Hace más por lo femenino una muchacha sóla en sujetador esperando el autobús ante la mirada atónita de los viandantes, que berrear barbaridades contra los hombres en manifestaciones multitudinarias. La vitalidad sería la tercera razón, las y los adolescentes nos recuerdan a los adultos que aún existen la sensualidad, la seducción, el atrevimiento y dicen: a la mierda tanta norma social.

A todos aquellos adultos a quienes se lo comenté les pareció fatal ¡Donde vamos a llegar! Frase totalmente reaccionaria y mil veces pronunciada: se grito cuando se pasó del bañador-burka al bañador que dejaba ver las piernas, luego al bikini y más tarde al top-lesss. También se dijo en múltiples ocasiones cuando se iban acortando los largos de las faldas, de las camisetas, de los pantalones y hasta de las bragas. Todas las generaciones viven algo parecido, mi madre que tiene 91 años me cuenta que cuando era jovencita, a finales de los años 40 del siglo pasado, años duros de verdad, se ponía las medias del revés para no parecerse a las viejas. Pero ocurre que cuando nos vamos haciendo adultos se nos olvida la sensualidad, el atrevimiento, la seducción y hasta follar. Demasiada vergüenza, demasiado miedo, demasiado convencionalismo, demasiada mente. Es claro que existen diferencias al vivir la sensualidad a los 15 años, a los 30, a los 45 o a los 60, pero otra cosa es encapsularla y tirarla al mar. La solución es afrontar todo esto volviendo al cuerpo ¡Más entregarse al sentir y menos discursos huecos!

 

Naturalidad

La naturalidad es espontaneidad en el trato y en el modo de proceder. Ser naturales y espontáneos conlleva dar respuestas orgánicas, más sentidas que pensadas. Es vivir más en nuestra energía que en nuestra mente. Es interactuar desde la inmediatez (que no desde la prisa) la fluidez y la entrega. Pero se han convirtiendo en un lujo asiático al ser manifestadas en tan contadas ocasiones. Al preguntarme las causas de tanta artificialidad en nuestras vidas me salen las siguientes ¿qué pensáis vosotros?

  • Por miedo a equivocarme y meter la pata.
  • Por interés: calculando ganancias y pérdidas.
  • Por aparentar ser quien no soy.
  • Por miedo al ridículo.
  • Por miedo a ser juzgado.
  • Para evitar que me vean como realmente soy.
  • Para evitar intimar y sentirme vulnerable.
  • Por falta de autoestima.
  • Por querer gustar a todo el mundo.
  • Para parecerme a mis perfiles de Twitter, Facebook o Instagram.

Pero vivir siempre en la artificialidad es un muermo horripilante. Hacemos muchas cosas para salir de ella, para ser por un ratito espontáneos y naturales: beber alcohol, tomar drogas, medicamentos, realizar actividades con mucha descarga de adrenalina. Ocultarnos en el anonimato de Internet, tener contactos con muy pocas personas y muy parecidas a nosotros, hablar frente al espejo…

Si afinamos un poco más nuestro análisis, podemos concluir que la falta de naturalidad y espontaneidad es en el fondo miedo a la soledad. ¡Sí! miedo a ser único, miedo a ser individuo, miedo a ser yo mismo ¡sólo hay uno como yo! miedo a salirme de lo mayoritario aunque no resuene conmigo. Honrar mi Verdad requiere valor y coraje.

¿Vale la pena tal esfuerzo?