Límites que unen

Los límites que unen son estructuras conscientes, resistentes y cambiables. Sirven para hacer que la energía vital circule con fluidez. Si queremos llevar una gran cantidad de agua de un lado a otro debemos canalizarla por un cauce, por unos límites concretos y resistentes sino el agua se perderá por el camino. Los límites que unen nos dan energía, seguridad y bienestar en nuestras vidas. Si nos circunscribirnos al ámbito de la pareja nos damos cuenta enseguida que colocar límites adecuados fortalece la relación.

Un límite esencial que se debe establecer en la pareja es si habrá fidelidad sexual o será una relación abierta o una relación poliamorosa. Cada acuerdo, cada límite, tendrá su correspondiente compromiso. Los límites que unen traen claridad, son el cauce por donde debe transcurrir la relación sea del tipo que sea.

Otro límite importante es respetar los gustos y las preferencias del otro aunque no nos agraden demasiado. Siempre que no entren en colisión con asuntos muy importantes para nosotros, en tal caso quizá la pareja no se consolide. Si una persona vive para viajar y el sueño de su pareja es disfrutar de su casa y de su entorno más próximo, puede que establecer un límite adecuado para ambos sea difícil.

En las relaciones sexuales también es conveniente poner límites vigorosos sobre lo que nos gusta que nos hagan, lo que nos gusta hacer y lo que no nos gusta. La sexualidad es un ámbito muy sensible y de una vulnerabilidad manifiesta, las cosas también deben quedar claras. Lo que no impide indagar en nuevas prácticas, pero siempre con un acuerdo mutuo, como escribí al comienzo los límites son cambiables.

Puede resultar paradójico pero la ausencia de límites provoca tensión, nebulosas emocionales, inseguridad, miedos y a la postre el bloqueo y la perdida de la energía vital y sexual en la pareja, entonces es cuando vienen los límites que separan: encerrarse o huir. Para abrir el corazón de par en par al Amor debemos saber poner límites y saber aceptarlos. ¡Cuando las cosas están claras en las cuestiones importantes la felicidad llama a tu puerta!

 

 

 

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Emociones mentales

Las emociones mentales son intentos de sentir desde el pensamiento. Cuando tenemos bloqueado nuestro sentir por alguna razón (traumas, fobias, miedo existencial) no podemos ser del todo conscientes de la energía que nos atraviesa el cuerpo. Las sensaciones corporales y los sentimientos están distorsionados y la energía vital apenas es perceptible. Vivimos entonces en la mente, pero vivimos una vida a medias, porque como ya sabemos la vida no se piensa se siente.

A pesar del bloqueo emocional siempre hay una intuición de que la vida es algo más que la mente, y también al observar como otras personas disfrutan desde sus sensaciones y sus sentimientos de una existencia más vivida, intentamos imitarles, inflando nuestras emociones desde el ego. Con un ejemplo lo comprenderemos mejor: si tenemos muchas ganas de tener pareja estable y no conseguimos dar en la diana, podemos agrandar la emoción hacia una persona que nos guste. Porque tiene los ojos preciosos o unos pechos grandes o una voz seductora o es muy divertida. Pero al no estar conectados con nuestro cuerpo y con nuestra energía no percibimos si realmente es una atracción profunda, no estamos percibiendo a la persona real. Inflamos la emoción mediante pensamientos, intentamos engañar al cuerpo cortando la energía. Cuando esa emoción explota como un globo o la relación amorosa con esa persona se convierte en dolorosa o vacía el batacazo emocional es soberbio. Tras muchos batacazos quizá decidamos abrir nuestro sentir, conectarnos con nuestra energía y con la energía de los otros ¡conectarnos con la vida!

Brillo en los ojos

Los ojos adquieren un brillo especial cuando uno se enamora. Enamorarse es un sentimiento muy potente, un hechizo provocado por las flechas embadurnadas de Amor de Cupido o de Eros, o un subidón de hormonas si nos ponemos menos poéticos. La naturaleza lo utiliza para abrir nuestro corazón, un poco, no de par en par, y para comenzar a intimar con la otra mitad de la pareja (y sobre todo con uno mismo) sirve además para disfrutar muchísimo de cualquier cosa. La vida entonces adquiere un carácter como de cuento de Hadas. De verdad es fantástico enamorarse, nos sentimos acompañados, ligeros, completos, alegres, incluso cambian un poco las voces, se van los tonos estridentes, las caras como que relucen. Cualquier tontería puede ser motivo de jolgorio, no hace falta nadie, ni casi nada. Sólo infinitos besos de chocolate, sexo por doquier y promesas de Amor eterno ¡C’est l’amour!

Todo lo que sube baja, todo lo que comienza termina: el enamoramiento también. Entonces va desapareciendo el hechizo y nos damos cuenta de que la otra persona no es el ideal que nos habíamos creído, es ahí donde empieza lo bueno de verdad. Al concluir el encantamiento es cuando debemos darlo todo. Si las cosas no fluyen como al principio es cuando tenemos que estar más en Presencia. Es ahí donde se forja el Amor, el Amor como estado del Alma no como sentimiento pasajero. El subidón hormonal que se produce al enamorarse no es una broma, hay personas muy enganchadas que cuando sienten la disminución de sus efectos, y deben dar la cara, salen corriendo despavoridos a buscar otra ración extra de hormonas en cualquiera que se cruce por la calle, bueno ahora más bien en las redes sociales.

Las relaciones de pareja son un abrazo grande que nos da la vida. Una posibilidad de crecimiento emocional y espiritual a través de la intimidad. Pero la intimidad sólo se logra mediante la vulnerabilidad. Siendo sinceros con uno mismo y con nuestro amante. Dejando ver nuestra sombra al otro y viendo la suya con generosidad y respeto. Sintiéndonos frágiles como un recién nacido y también fuertes como un tigre para poder sostener los problemas que vayan surgiendo. Nuestra pareja es un espejo mágico donde poder mirarnos por dentro, se requiere un compromiso con el amado o con la amada y con nosotros mismos. Y también dedicar energía, tiempo, valor, coraje y sobre todo Amor y Presencia. Entregarse al Amor es un regalo de la existencia envuelto en papel miedo.

 

¡Vivir mucho!

¡Estoy vivo y me siento vivo! Cuando esté en una silla de ruedas en el jardín de la residencia de ancianos quiero tener una sonrisa resplandeciente de ear a ear. Por haber Hecho el Amor con mi pareja hasta la extenuación. Lo pongo en mayúsculas porque son tan preciosas las palabras como el hecho en sí ¡Faire l’ Amour! Y no es fácil Hacer mucho el Amor existen muchas distracciones y muchos miedos que lo impiden. Eso también: Quiero afrontar mis miedos con todas sus consecuencias, me dará mucha pena cuando me tengan que bañar en la residencia, por no poder hacerlo sólo, no haber Honrado mi Verdad por miedo al ridículo o por miedo a romper las reglas familiares o por miedo a salirme del mainstream o por miedo a equivocarme o por miedo a enfrentarme a mis traumas. Cuando tenga que comer sin sal y sin grasas y sin lactosa y sin gluten… sin chicha ni limoná vamos, imaginaré que estoy comiendo las ricas viandas que degusté rodeado de personas atrevidas y gustosas que no sólo ingerían tofu y brócoli, de vez en cuando se arriesgaban con el jamón serrano. Recordaré cuando me duelan a rabiar las rodillas lo mucho que bailé y lo mucho que disfruté en los ecstatic dance y en otros templos del baile. Y será estupendo remenorar como hice todo lo posible por compartir el Amor que en ocasiones me desborda el Alma con todo aquel que quiso hacerlo. También será maravilloso poder dar la mano a una anciana con la que logré abrir mi cuore de par en par y contemplar el suyo en carne viva. Y será divertido aventurar como es el Último Viaje o la Muerte o Estirar la Pata. Me siento bien contemplando como el mundo cambia y como cambio yo con él. Cuando tenga 90 años, dentro de 40, todo será tan distinto que ni me lo imagino, quizá no entienda algunas cosas, sólo espero seguir teniendo la mirada de aquel niño que aseguraba que el mundo lo hizo Dios para que jugara todo lo que quisiera.

Sobre el bello arte de poner limites

Saber poner límites está relacionado directamente con la autoestima. Si la tenemos por los suelos nunca colocaremos límites por miedo a quedarnos solos o a que nos censuren. Sin límites claros y vigorosos nos invadirán, harán de nosotros lo que quieran, incluso podrán agerdirnos y violentarnos fácilmente. Quizás hartos de tanto maltrato decidamos poner límites tan altos como los muros de un castillo. Entonces nadie se acercará a nosotros o al menos no lo suficiente para disfrutar de relaciones íntimas y nutritivas. La clave para poner los límites justos está en aumentar nuestra autoestima. O dicho de otro modo: no ir por la vida mendigando un puñadito de Amor y una tacita de Presencia a cambio de dejarnos manipular e invadir.

En los talleres de Tantra que facilito observo que poner límites es una de las acciones que más hace aumentar la autoestima, al aumentar la autoestima resulta más fácil colocar límites, rompiendo así un círculo vicioso de dolorosas consecuencias. Un poco de valor y otro poco de coraje sirven para comenzar a cultivar el bello arte de poner límites precisos. Como todo arte lleva su tiempo y su dedicación, al principio nos pasaremos un poco con los límites o tal vez no lleguemos, lo crucial es comenzar. Cuanto más afinemos nuestro arte más fácil será abrir el corazón de par en par al misterio de la existencia.

Mamás, papás y maestros espirituales

Los padres (o cuidadores en su ausencia) son personas importantísimas en nuestro recorrido vital. Nos traen a la vida, nos crían, nos educan, nos aman (cada uno como sabe y como puede). Cuando somos niños nuestra dependencia de ellos es total. Y nuestra capacidad de dar es pequeñísima comparada con lo que recibimos. Cuidar a un niño requiere por parte de los padres ingentes cantidades de energía, tiempo, amor, desvelos, sacrificios, presencia, bienes materiales… que un hijo nunca podrá devolver por mucho que se empeñe.

Los padres tienes sus valores, sus normas y sus creencias y también tienen sus manías, neurosis, tonterías, adicciones y demás rasgos que los hacen humanos. De niños debemos acatar todo eso, de adolescentes deberíamos empezar a cuestionar si va con nosotros todo lo que predican y practican. De jóvenes deberíamos explorar nuestros propios valores, normas y creencias para ya en la madurez guiarnos por ellos. El problema estriba en que nunca maduramos si acatamos sin más la herencia familiar o vamos a la contra todo el tiempo.

-Mamá yo como tú: seré una neurótica que le irá mal con los hombres, me casaré con un ingeniero más tieso que un palo pero con una buena posición social.

-Papá yo como tú: seré un hombre recto, formal, cumplidor de las normas sociales pero más triste que un cuadro del Greco.

El amor hacia los padres es tan grande que hacemos eso y cosas peores. También el miedo a contrariarles y el miedo a la libertad nos hacen ser sumisos. Sólo seremos seres libres, independientes y maduros honrado nuestra verdad. Si vamos con veintitantos, treinta, cuarenta o más años a pedir permiso a nuestro papá o mamá sobre asuntos importantes, o se los ocultamos por miedo a su reacción, siempre seremos niños. En el fondo los limites son un acto de Amor de los padres hacia los hijos: para que saltemos del nido ya de una vez ¡por Dios!

Ocurre algo similar con los maestros espirituales o papás y mamás espirituales. Nos guían, nos ayudan a desprogramarnos (los que te programan no son maestros espirituales son otra cosa), nos reflejan el Amor y la Presencia que somos. Pero llega un momento que debemos soltarlos, dejar de considerarlos maestros y de repetir sus enseñanzas de carrerilla, porque sino estamos haciendo religión o peor aún estamos en una secta. Debemos enfrentarnos al miedo a ser libres, a equivocarnos, a honrar nuestra verdad, dando incluso un puñetazo encima de la mesa si es necesario. Puede haber más Verdad al observar con Presencia tres gotas de agua cayendo que en todas las estatuas del Buda.

La felicidad no se piensa, se siente

Nos sorprende mucho no sentirnos felices con todo lo que tenemos. Es entonces cuando iniciamos inventario: tengo pareja, dos hijos, trabajo, una casa bonita, dos coches, un perro, dos amigos íntimos, interés por la vida… (cada uno hace inventario de lo que tiene) ¿por qué no me siento feliz? También puede ser al revés, haces inventario de lo que tienes para sentirte feliz: tengo pareja, dos hijos, trabajo, una casa bonita, dos coches, un perro, dos amigos íntimos, interés por la vida… ¿cómo no voy a sentirme feliz? En el primer caso hay al menos sinceridad y humildad, en el segundo mentira y soberbia, estás intentando manipularte a ti mismo mediante el pensamiento.

La felicidad no se piensa, se siente. Es más, la felicidad es una sensación, se percibe en el cuerpo. Es una sensación sutil, no es euforia, ni alegría, ni risas, ni tampoco el sentimiento de ir ganado siempre o de que todo vaya bien. La felicidad es entregarse a la vida, es confiar en la existencia más allá de nuestros deseos egóticos. Cuando esto sucede la mente se tranquiliza y el cuerpo se relaja profundamente. La felicidad tiene que ver con la Presencia, con acompañar a la vida en todo momento, suceda lo que suceda. Si evitas la tristeza o la ira o el conflicto o tu fuerza o tus instintos o tus miedos estás evitando la mitad de la existencia, estás creando tensión: huyes de la vida. La felicidad es una dicha inasible, impensable, corporal, sutil, poética, humilde, sencilla… es el estado natural del Ser, Amor puro Amor.