Desborde emocional

Situándonos en nuestra zona de confort: tumbados en el sofá con la mantita de cuadros, tomando a sorbos nuestra infusión preferida y viendo una temporada entera de una serie estupenda. Podemos imaginar también una zona de confort más ruidosa y movida: la rutina diaria con nuestros hijos, o el trabajo y las clases de yoga, o una relación de pareja muy establecida y un tanto aburrida, o los amigos de siempre con la conversación de siempre… y de repente viene una ola emocional que se lleva todo por delante.

La metáfora perfecta sería meterse en el mar tras pasar un año sin hacerlo. El agua está brava, dejas de hacer pie, ves venir a lo lejos una ola impetuosa, intentas nadar, intentas huir… pero por mucho que te esfuerces te pone patas arriba. No sabes donde estás, la superficie del agua no aparece por ningún lado… sí, sí parece que la claridad es hacia arriba, te das la vuelta y de repente otra ola salvaje te sacude todo el cuerpo, te falta el aire, la superficie vuelve a desaparecer, entras en pánico y crees que vas a morir… con el desborde emocional ocurre algo muy parecido.

La muerte repentina de una persona cercana o una enfermedad grave, el despido de un trabajo o la quiebra de una empresa propia, un divorcio o el enésimo desencuentro sentimental pueden provocar emociones muy fuertes. Pero también situaciones agradables suelen desbordarnos emocionalmente: el anuncio de un embarazo, el nacimiento de un bebé, cambiar de lugar de residencia a otra ciudad o a otro país, materializar el proyecto de nuestros sueños,  enamorarse, la intimidad, el sexo…

Cuando vivimos algunos de éstos momentos se pueden abrir muchos frentes emocionales: la herida de abandono, el miedo al fracaso, el miedo a no ser suficiente, heridas sexuales, la baja autoestima, rabia o tristeza acumuladas durante años, el miedo a no saber… si en el mar una ola nos sumerge enteros saber nadar nos ayuda a salir de ella. Debemos aprender a nadar emocionalmente antes de que las situaciones nos desborden por completo. Salir de nuestra zona de confort para sanar nuestra herida de abandono, nuestro rechazo a la intimidad o nuestro miedo al sexo, es como aprender a nadar antes de meternos en el mar.

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El poder del afuera

Si entregamos nuestro poder a los demás estamos perdidos ¡muy perdidos! Si casi siempre considero más importante la opinión y el sentir de los otros para formar criterio sobre cualquier asunto propio, entonces vivo sin vivir en mí. Cuando voy por la vida con una sonrisa perenne estilo “New Ege” ocultando mis sentimientos reales para no ofender a nadie, me estoy traicionando a mí mismo. Si alguien me rechaza un regalo o evade mi presencia o me critica a mis espaldas y monto una tragedia griega, me rasgo las vestiduras y me llevan los demonios, tengo una lección que aprender: el otro es libre de hacer lo que hace ¡no le voy a servir más el poder de ofenderme en bandeja de plata! Es evidente que a todos nos apetece más que nos traten con amabilidad, cariño y amor… pero sí tu paz interior, alegría y felicidad depende del afuera, prepárate para sufrir en cantidades industriales. Tú bienestar, no me canso de repetirlo, viene fundamentalmente del Amor propio, de la aceptación de como eres -de como eres Aquí y Ahora, puedes cambiar y seguro cambiarás- y de la Presencia. La Presencia te trae a la vida, a la vida real… destruye las constructos mentales, las teorias, las ideas, en definitiva las tonterias de como debe que ser la vida.

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¿Espiritualidad o evasión?

La espiritualidad como todo en la vida tiene sus riesgos. Uno de ellos es utilizarla para evadirse. Para no sentir lo que no nos gusta y lo que nos da miedo. Y lo malo es que es una justificación estupenda. Enseguida nos enganchamos a lo “bueno” de lo espiritual: sentir el amor, los abrazos, la conexión con personas afines, los subidones energéticos, el placer, lo esotérico… ¡y es maravilloso sentir todo esto! Pero todas estas experiencias tienen fin… ¡se acaban aunque no queramos! “La vida es asiii… no laaa he inventadooo yoooo” como dice la canción. Entonces olvidamos que el fin último de la espiritualidad es la aceptación de la vida tal y como es: ¡cambio constante! La existencia tiene sus placeres y sus dolores, sus risas y sus llantos, sus subidas y sus bajadas… intentar fluir, intentar no apegarse a lo “bueno” y acometer lo “malo” nos da la buena vida, nos da el Amor. Cuando afrontamos plenamente el miedo, crecemos como personas. Cuando nos entregamos sin tregua al dolor de una pérdida, haciendo el duelo, resurgimos renovados. Al poner limites fuertes a los abusadores acrecentamos nuestra autoestima. Si aprendemos a disfrutar de la soledad no vamos donde no nos conviene. Experimentar todo ¡TODO! lo que la vida nos ofrece es el gran secreto espiritual. Lo demás son cuentos chinos.

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