Zona de confort

Lo que se ha dado en llamar la zona de confort antes se nombraba con otras palabras: ni fu ni fa, ni frío ni calor, así así (acompañado de un movimiento de mano) sin pena ni gloria, regulín regular… La zona de confort es un sitio emocional, mental o físico donde nos sentimos seguros, donde los riesgos son escasos o nulos pero la vida es aburrida y previsible. En verdad no es una zona tan confortable como parece, la huida constante de ciertos aspectos de nuestra existencia no es ciertamente un manera agradable de vivir. Para que la vida resulte estimulante debemos tomar riesgos, debemos asumir que la inseguridad forma parte de nuestro existir. El miedo al fracaso, el miedo a no saber, el miedo a no ser suficientes y el miedo a que nos hieran son los motivos principales de vivir instalados en el ni fu ni fa.

Reconocer que no sabemos hacer algo, asumir el fracaso o abrir las heridas emocionales requiere de una autoestima mínima para que no caer en la desesperación. Como siempre digo el Amor hacia uno mismo es el cimiento principal de una existencia feliz. El Amor propio se incrementa de una forma sencilla: amando tus dones y tus problemas, tus virtudes y tus vicios, tus luces y tus sombras. La autoestima crece como crece todo en la vida: ¡arriesgando! Al atrevernos a salir de la zona de confort ya incrementamos un poco nuestro Amor propio, y al incrementar nuestro Amor propio nos atrevemos un poquito más a salir a la corriente de la vida. Como decía mi abuela: la seguridad sólo existe en el Campo Santo.

 

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Mamás, papás y maestros espirituales

Los padres (o cuidadores en su ausencia) son personas importantísimas en nuestro recorrido vital. Nos traen a la vida, nos crían, nos educan, nos aman (cada uno como sabe y como puede). Cuando somos niños nuestra dependencia de ellos es total. Y nuestra capacidad de dar es pequeñísima comparada con lo que recibimos. Cuidar a un niño requiere por parte de los padres ingentes cantidades de energía, tiempo, amor, desvelos, sacrificios, presencia, bienes materiales… que un hijo nunca podrá devolver por mucho que se empeñe.

Los padres tienes sus valores, sus normas y sus creencias y también tienen sus manías, neurosis, tonterías, adicciones y demás rasgos que los hacen humanos. De niños debemos acatar todo eso, de adolescentes deberíamos empezar a cuestionar si va con nosotros todo lo que predican y practican. De jóvenes deberíamos explorar nuestros propios valores, normas y creencias para ya en la madurez guiarnos por ellos. El problema estriba en que nunca maduramos si acatamos sin más la herencia familiar o vamos a la contra todo el tiempo.

-Mamá yo como tú: seré una neurótica que le irá mal con los hombres, me casaré con un ingeniero más tieso que un palo pero con una buena posición social.

-Papá yo como tú: seré un hombre recto, formal, cumplidor de las normas sociales pero más triste que un cuadro del Greco.

El amor hacia los padres es tan grande que hacemos eso y cosas peores. También el miedo a contrariarles y el miedo a la libertad nos hacen ser sumisos. Sólo seremos seres libres, independientes y maduros honrado nuestra verdad. Si vamos con veintitantos, treinta, cuarenta o más años a pedir permiso a nuestro papá o mamá sobre asuntos importantes, o se los ocultamos por miedo a su reacción, siempre seremos niños. En el fondo los limites son un acto de Amor de los padres hacia los hijos: para que saltemos del nido ya de una vez ¡por Dios!

Ocurre algo similar con los maestros espirituales o papás y mamás espirituales. Nos guían, nos ayudan a desprogramarnos (los que te programan no son maestros espirituales son otra cosa), nos reflejan el Amor y la Presencia que somos. Pero llega un momento que debemos soltarlos, dejar de considerarlos maestros y de repetir sus enseñanzas de carrerilla, porque sino estamos haciendo religión o peor aún estamos en una secta. Debemos enfrentarnos al miedo a ser libres, a equivocarnos, a honrar nuestra verdad, dando incluso un puñetazo encima de la mesa si es necesario. Puede haber más Verdad al observar con Presencia tres gotas de agua cayendo que en todas las estatuas del Buda.

La felicidad no se piensa, se siente

Nos sorprende mucho no sentirnos felices con todo lo que tenemos. Es entonces cuando iniciamos inventario: tengo pareja, dos hijos, trabajo, una casa bonita, dos coches, un perro, dos amigos íntimos, interés por la vida… (cada uno hace inventario de lo que tiene) ¿por qué no me siento feliz? También puede ser al revés, haces inventario de lo que tienes para sentirte feliz: tengo pareja, dos hijos, trabajo, una casa bonita, dos coches, un perro, dos amigos íntimos, interés por la vida… ¿cómo no voy a sentirme feliz? En el primer caso hay al menos sinceridad y humildad, en el segundo mentira y soberbia, estás intentando manipularte a ti mismo mediante el pensamiento.

La felicidad no se piensa, se siente. Es más, la felicidad es una sensación, se percibe en el cuerpo. Es una sensación sutil, no es euforia, ni alegría, ni risas, ni tampoco el sentimiento de ir ganado siempre o de que todo vaya bien. La felicidad es entregarse a la vida, es confiar en la existencia más allá de nuestros deseos egóticos. Cuando esto sucede la mente se tranquiliza y el cuerpo se relaja profundamente. La felicidad tiene que ver con la Presencia, con acompañar a la vida en todo momento, suceda lo que suceda. Si evitas la tristeza o la ira o el conflicto o tu fuerza o tus instintos o tus miedos estás evitando la mitad de la existencia, estás creando tensión: huyes de la vida. La felicidad es una dicha inasible, impensable, corporal, sutil, poética, humilde, sencilla… es el estado natural del Ser, Amor puro Amor.

Femenino

Soy un hombre, orgulloso de serlo. Amo mi masculinidad y vivo mi energía sexual en toda su plenitud. Me ha resultado muy duro aceptar mi hombría, desde niño me dio mucho miedo su poder, ya no temo mi virilidad ahora la ejerzo. De siempre viví más en mi parte femenina, la tenía más desarrollada o eso creía yo…

Me encantan las mujeres, mi chiflan, me pirran… su olor, su energía, su sensibilidad, su sensualidad, su sexo, sus besos, su lengua, sus senos, sus susurros, sus caricias, su risa hacer el Amor con ellas, penetrarlas, amarlas… también adoro su fiereza para sacudirse el machismo, ridícula y anticuada herencia que los hombres no acabamos de desprendernos de una vez por todas. Me fascina como se abre su cuerpo para que la vida salga a través de ellas. Me encanta su capacidad de acoger y de amar desinteresadamente, su intuición, su inteligencia y su creatividad…

Pero también me dan miedo las mujeres. Me da mucho miedo perder mi libertad y me da mucho miedo el compromiso. Mi parte racional entiende que debe haber un equilibrio entre compromiso y libertad pero el miedo sigue ahí. Aunque ahora, desde mi masculinidad, intento sostener y vivir ese miedo… y que la vida diga lo que tenga que decir. Pero cuando se trata del Amor, de abrir el corazón de par en par, de fundirme con la Vida, de vivir plenamente mis sentimientos y mis emociones, de abrazar mi feminidad con plenitud… las piernas me flaquean. Hay que ser muy hombre para abrirse en canal ante una mujer… la que me enseñará a Amar de verdad.

El sexo y los carretes

Tan antiguo y tan desconocido será el sexo dentro de no mucho tiempo como lo son para un milenial esa cámara analógica y esos carretes fotográficos. En Japón ya pasa, son líderes mundiales en cámaras digitales y en abstinencia sexual. No olvidemos que la sociedad japonesa es la más tecnificada del planeta, y lo que allí sucede sucederá en el resto del mundo desarrollado con los matices propios de cada cultura. Claro el instinto sexual no se puede arrancar de cuajo pero se intenta reprimir, controlar, sublimar… Meterse a monja, monje o cura serían las formas antiguas de aproximarse al olvido del sexo, aunque sólo Dios sabe lo que ocurre en los conventos en los monasterios y en el Vaticano.

Los tiempos cambian ahora para ser célibe no es necesario enclaustrarse, basta con pasar buena parte del día en las redes sociales, en Netflix, whatsappear con desconocidos sobre lo divino y lo humano, jugar con la consola, ver vídeos tontorrones. También contribuye mucho a la inactividad sexual las actividades extralaborales tras una larga jornada de trabajo: tomar cañas, ir al gym, hacer cursos de origami, de teatro, de mindfulnes o ir a las manifas… Sentir a todas las personas del otro sexo como amig@s o herman@s no sube mucho la libido. Ser un exigente gourmet, dedicar mucho tiempo y mucha energía a las mascotas o a los robots de compañía (los smartphones lo son) tampoco. El miedo cerval a las bacterias, ver programas de Antonio García Ferreras, ser un gran forofo futbolero o intentar convertirse en un ser de luz antes de tiempo, también apaciguan mucho la energía sexual. Por cierto según la American Psychological Association (APA) pensar y hablar mucho sobre sexo no cuenta como práctica sexual.

¿Por qué practicamos cada vez menos sexo pero a la vez nos atrae tanto?

La respuesta tiene que ver con el abandono de nuestros instintos animales. Ya lo dijeron los hippies y su liberación sexual de los años 60, y antes Sigmund Freud en El malestar de la cultura y antes los románticos. Muchos otros lo han expresado de muy diversas maneras: ¡Somos animales! ¡Hembras y machos humanos! También somos seres racionales y abstractos y filosófico-artistas y científico-técnicos y espirituales de consciencia pura, pero primero animales. Si lo olvidamos es como querer escribir literatura como García Márquez obviando el abecedario. Amar profundamente nuestra energía sexual, nuestro poder animal, y comprenderla nos hace seres sexuales, fuertes, sensuales, vitales, creativos, sensibles, amorosos… ¡plenos!

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Los hombres no piden permiso

Los hombres no piden permiso para ser hombres. A nadie: ni a su mamá, ni a su papá, ni a su novia, ni a su mujer, ni a su amante, ni a sus hermanas o hermanos, ni a los profesores… Tampoco a quienes culpabilizan a los hombres de todos los males, ni a las modas de género imperantes, ni a ningún maestro espiritual, ni siquiera le pide permiso a la “crisis de masculinidad.” Si pides permiso nunca te haces un hombre. Los niños deben pedir permiso y los adolescentes también, aunque estos intentan rebelarse. Si un hombre pide permiso nunca es un hombre es un niño grande. Si un hombre no se responsabiliza de si mismo es un adolescente eterno. Para ser un hombre debes honrar tu verdad y responsabilizarte por ello. No es fácil, si lo fuera no sería cosa de hombres. Un hombre se hace ejerciendo de hombre. Quitándote de encima los patrones familiares y sociales que no van contigo, conquistando tu espacio vital, defendiendo tus gustos y tus sueños. Tomando decisiones contrarias a personas cercanas si sientes que son tu verdad, incluyendo sentir culpa por ello. Un hombre forma su carácter tomando riesgos, sintiendo el vértigo y el miedo al no saber. Un hombre se hace ejercitando su fuerza, su coraje y su valentía contra lo que le impide ser un hombre. Debe poner límites cuando le agredan, no rehuir los conflictos ¡dar un puñetazo encima de la mesa cuando sea preciso! ¡los hombres no nacen! nacen lo niños ¡los hombres se hacen! Cuando un hombre honra su virilidad aunque haya sido muy machacada y lucha por ella, se sana, se aviva su fuego interno, se convierte en hombre. Los hombres competimos e intentamos ganar, no hay nada más masculino, ni nada execrable en ello. También es muy masculino aceptar la derrota y seguir para adelante. Un hombre que ama su energía sexual y la comprende jamás será un violador. Los hombres que no respetan su hombría se convierten en pusilánimes gatitos o en adictos a algo que les haga olvidarse de no ser hombres o se tornan agresivos y violentos. Un hombre en su centro, en su presencia, en su fuerza no maltrata a su mujer ¡la ama! y es capaz de abrirse ante ella, de ser vulnerable, sensible, delicado… y llorar de alegría por ser un hombre.

La masculinidad no está en crisis está tomando fuerza ¡Vivan los hombres!

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El poder del afuera

Si entregamos nuestro poder a los demás estamos perdidos ¡muy perdidos! Si casi siempre considero más importante la opinión y el sentir de los otros para formar criterio sobre cualquier asunto propio, entonces vivo sin vivir en mí. Cuando voy por la vida con una sonrisa perenne estilo “New Ege” ocultando mis sentimientos reales para no ofender a nadie, me estoy traicionando a mí mismo. Si alguien me rechaza un regalo o evade mi presencia o me critica a mis espaldas y monto una tragedia griega, me rasgo las vestiduras y me llevan los demonios, tengo una lección que aprender: el otro es libre de hacer lo que hace ¡no le voy a servir más el poder de ofenderme en bandeja de plata! Es evidente que a todos nos apetece más que nos traten con amabilidad, cariño y amor… pero sí tu paz interior, alegría y felicidad depende del afuera, prepárate para sufrir en cantidades industriales. Tú bienestar, no me canso de repetirlo, viene fundamentalmente del Amor propio, de la aceptación de como eres -de como eres Aquí y Ahora, puedes cambiar y seguro cambiarás- y de la Presencia. La Presencia te trae a la vida, a la vida real… destruye las constructos mentales, las teorias, las ideas, en definitiva las tonterias de como debe que ser la vida.

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